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Ignoto

Don Rafael Nadal

El de ayer en la remota Australia fue mucho más que un simple partido de tenis entre dos excepcionales deportistas. Rafael Nadal, así, con el Don delante, en señal de respeto y admiración, es también algo más que el mejor tenista ( posiblemente deportista) español de todos los tiempos.


Ayer, sobre la pista azul de Melbourne, vimos una batalla esplendorosa, extenuante y ejemplificadora entre dos hombres dando lo mejor de sí mismos para ganar un partido de tenis, un trofeo; para ganar, como el griego Aquiles, la fama, el reconocimiento, para lograr ser el mejor. Ello sin daño o humillación ni para terceros ni para ellos mismos. Su despliegue de talento y corazón fueron, lo serán siempre, un ejemplo para todos cuantos tuvimos la suerte y el placer de permanecer extasiados durante las más de cuatro horas que duró ese combate, encarnación moderna, sin sangre ni muertes, de las gestas de los gladiadores.


Pero digo que es mucho más que eso, porque ambos, Nadal en particular ( menos talentoso que su oponente), exhiben ahí, en ese instante de la competición, pero también más allá de ella, las virtudes que a todos, a algunos, nos gustaría desplegar en el partido más largo e importante de cuantos nos toca jugar, el de nuestra propia vida. Cuando de lo que se trata es de conseguir algo en sí mismo bueno y valioso ( en este caso concreto el trofeo, en la vida quizá la felicidad) y para ello se emplean todas cuantas cualidades y virtudes uno posee, cuando en esa persecución del logro se pone todo el alma, tratando de ser un poco mejor en cada fase, en cada punto del partido, eso ya es digno de alabanza, pero cuando además se hace con el orgullo respetuoso, sometido a reglas infranqueables, más importantes aún que el trofeo, cuando en ello sólo vale superarse a uno mismo, esperando así ser el más genuino merecedor de la victoria, reconociendo el esfuerzo y la dedicación del oponente, su propia valía, eso ya es algo inusual en nuestras vidas. Por eso, muchas de las cosas que vivimos ayer sobre esa pista de tenis, deberían ser enseñadas en los colegios, traducidas a una verdadera educación para la ciudadanía, para la humanidad. Lección que tuvo su inaudito y maravilloso colofón en la entrega de trofeos, donde un abatido Federer exteriorizaba, sin posibilidad de control, unas lágrimas que sólo pudieron provocarnos la admiración de todos cuantos a punto estuvimos de contagiarnos con su dolor, con su gallardía herida. ¿Cómo es posible que un hombre que lo ha ganado todo y a todos, que es reconocido por sus oponentes, sin excepción, como el más dotado para este deporte, sufra tanto tras una derrota; cómo es posible tanto abatimiento, tanto dolor?. Pero es que el gesto de Nadal abrazándole y consolándole con el trofeo en sus manos, casi compartiéndolo con él; su gesto aplaudiéndole, junto con todo el estadio de pie, a punto él mismo, como casi todos los que contemplábamos esa maravillosa escena de humanidad, de romper a llorar es algo que nos reconforta, aunque sea en estos ámbitos tan “simples” y efímeros del deporte, con la grandeza del ser humano. Ver como Federer, instantes después, se recupera, recobra el habla acallada por el llanto y con los ojos húmedos y enrojecidos, simplemente señala que este “tío”, Nadal, se lo merece y que es él quien debe tener la última palabra y en esa última palabra el ganador utiliza todo su tiempo para dar las gracias a otros y para reconocer el dolor del amigo y tenista al que admira, es una lección impagable e inolvidable que nos emociona, una muestra de que en el ser humano la bondad todavía no se ha perdido para siempre.


Enhorabuena a ambos, gracias por el momento ofrecido. Ojalá nada ni nadie los haga cambiar, porque más allá de sus partidos, de su condición de tenistas, quedarán, deben quedar, dos seres humanos admirables.

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